El 11 de septiembre de 2001 marcó un antes y un después en la seguridad de la aviación comercial. Hasta entonces, las medidas estaban principalmente orientadas a impedir que se introdujeran armas o explosivos a bordo, pero los atentados demostraron que un avión podía ser utilizado como arma y que el control del acceso a la cabina de mando era fundamental. En Estados Unidos, la respuesta fue inmediata: el 19 de noviembre de 2001 se creó la Transportation Security Administration (TSA), que asumió progresivamente las funciones de seguridad aeroportuaria que hasta entonces estaban en manos de distintas organizaciones.
Uno de los cambios más visibles se produjo en las puertas de las cabinas de mando. Los aviones comerciales comenzaron a incorporar puertas reforzadas, resistentes a intentos de ingreso por la fuerza, que deben permanecer cerradas y bloqueadas durante el vuelo. Las nuevas normas estadounidenses también establecieron requisitos específicos de resistencia frente a impactos y penetraciones, y estas medidas fueron posteriormente incorporadas a los estándares internacionales de la OACI.
También cambió radicalmente el control de los pasajeros y del equipaje. En Estados Unidos se estableció la inspección federal de pasajeros y el control del 100% del equipaje despachado. Paralelamente se reforzaron los controles sobre los trabajadores de los aeropuertos y el acceso a las zonas restringidas. La OACI también incorporó nuevas exigencias internacionales relacionadas con el control del equipaje, la seguridad de las instalaciones aeroportuarias y la protección de las aeronaves.
Algunos de los controles que hoy parecen habituales surgieron, sin embargo, como respuesta a amenazas posteriores al 11-S. El intento de atentado del llamado “shoe bomber”, en diciembre de 2001, llevó a que en Estados Unidos y otros países se comenzara a prestar especial atención al calzado durante los controles de seguridad. Años después, en 2006, el descubrimiento de un complot que pretendía utilizar explosivos líquidos provocó nuevas restricciones sobre líquidos, aerosoles y geles en el equipaje de mano, origen de las actuales limitaciones de 100 mililitros en numerosos aeropuertos.
La transformación no quedó limitada a Estados Unidos. En febrero de 2002, la OACI aprobó una estrategia mundial para reforzar la seguridad de la aviación, que incluyó auditorías para comprobar cómo los distintos países aplicaban las normas de seguridad. También se reforzaron las medidas alrededor de las cabinas de mando, los controles de acceso y la protección de equipajes y cargas. Con el tiempo se sumaron tecnologías como sistemas de detección de explosivos y nuevos equipos para inspeccionar pasajeros y equipaje.
Más de dos décadas después, muchas de las características de un viaje aéreo que hoy parecen normales —la puerta blindada de la cabina, los controles de seguridad, la inspección del equipaje despachado, las restricciones para llevar determinados objetos y líquidos y los controles sobre quienes trabajan en áreas restringidas— son consecuencia directa o indirecta de aquella transformación. La seguridad aeronáutica no quedó congelada en 2001: cada nuevo intento o amenaza produjo modificaciones adicionales, pero el 11-S fue el acontecimiento que cambió definitivamente la filosofía con la que se protege a un avión desde que el pasajero llega al aeropuerto hasta que la aeronave aterriza.


