Las turbulencias son uno de los fenómenos que más inquietud generan entre los pasajeros, pero forman parte de las condiciones habituales de la aviación. Aunque pueden provocar movimientos bruscos, no significan necesariamente que el avión esté en peligro.
Se producen cuando una aeronave atraviesa masas de aire que se desplazan a distintas velocidades o direcciones, debido a fenómenos meteorológicos, corrientes en chorro o cambios en la circulación atmosférica. Al encontrarse con estas variaciones, el avión puede experimentar sacudidas, ascensos o descensos momentáneos.
La clave está en su diseño. Las alas generan sustentación gracias al movimiento del aire, y están construidas para soportar esfuerzos muy superiores a los que suelen experimentar durante un vuelo normal. Además, los aviones comerciales se someten a rigurosas pruebas de resistencia antes de entrar en servicio.
Aunque las turbulencias pueden resultar incómodas y provocar lesiones si los pasajeros no llevan abrochado el cinturón, la aeronave no deja de volar por atravesarlas. Los pilotos pueden modificar la altitud o la velocidad cuando las condiciones lo aconsejan, siguiendo los procedimientos establecidos.
Por eso, una de las recomendaciones más importantes es mantener el cinturón abrochado mientras se permanece sentado, incluso cuando la señal luminosa está apagada. La turbulencia puede aparecer sin aviso y, aunque el avión esté preparado para soportarla, la prevención sigue siendo fundamental.


